Es una comedia dirigida por el director estadounidense Wes Anderson, donde el protagonista es Ralph Fiennes quien toma el papel de un conserje que crea una amistad con un joven empleado en el hotel en que trabajan.
Una de las escenas que más me llamó la atención fue en la que un hombre persigue a otro para asesinarlo en las calles de la ciudad y la víctima opta por esconderse en un museo, desde ese momento, el espectador puede hacerse una idea de cómo va a terminar esta producción.
La película es tal vez más que cualquier otra cosa, un filme a las historias, a los que saben contarlas, a los que saben escucharlas, a los que las protagonizan, a sus escenarios. Es de manera coherente, una experiencia visual pura y lo es porque de las historias bien contadas no surgen reflexiones ni discursos, sino imágenes y aromas.
Los actores transmiten sus deseos, sus miedos, sus intenciones y también sus sensaciones.
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